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HOY:  viernes 20 de febrero del 2026

Scaglia acompañó la reforma de Milei y quedó atrapada en sus propias contradicciones

De las críticas al procedimiento legislativo al respaldo pleno del proyecto. La secuencia política reavivó cuestionamientos sobre la consistencia discursiva de la dirigente santafesina.

La votación de la reforma laboral en la Cámara de Diputados dejó algo más que un resultado parlamentario. Expuso, en primer plano, una secuencia política incómoda para la diputada nacional Gisela Scaglia, quien terminó acompañando sin matices una iniciativa que, hasta pocos días antes, había cuestionado públicamente por la velocidad de su tratamiento.

La presidenta del bloque Provincias Unidas aportó su voto afirmativo en general y también respaldó en particular uno de los capítulos más controvertidos del proyecto: el Fondo de Asistencia Laboral (FAL). La decisión no sólo impactó por el contenido de la ley, sino por el contraste con su propio discurso previo.

Scaglia había manifestado reparos sobre la premura del oficialismo para avanzar con una reforma de carácter estructural. Había advertido sobre la necesidad de mayor debate, de tiempos legislativos más amplios y de construcción de consensos. Incluso, en ese contexto, se deslizó la posibilidad de que el bloque que preside no facilitara el quórum.

Nada de eso ocurrió.

La sesión se habilitó, el proyecto avanzó y la diputada santafesina terminó votando a favor sin introducir objeciones sustanciales en el momento decisivo. La secuencia política fue tan rápida como elocuente: de la crítica al procedimiento al respaldo pleno del contenido.

La escena reactivó lecturas inevitables dentro del Congreso. Provincias Unidas volvió a exhibir su fractura interna. Mientras Scaglia acompañaba la reforma, los también santafesinos Pablo Farías y Esteban Paulón sostuvieron su rechazo, alineados con la postura del socialismo. El bloque, una vez más, actuó sin cohesión política visible.

El episodio volvió a instalar interrogantes sobre la conducción del espacio. Provincias Unidas es, por definición, un armado heterogéneo, donde la autoridad política de su presidencia debería traducirse en capacidad de ordenamiento interno. La votación mostró exactamente lo contrario: diversidad sin síntesis, posiciones dispares y una jefatura sin capacidad de consolidar un criterio común.

Pero el punto más delicado no fue la fragmentación del bloque, sino la consistencia del liderazgo.

Scaglia pasó, en cuestión de días, de cuestionar la velocidad del debate a defender la urgencia de la reforma. En el recinto, argumentó que la legislación vigente “hace más de veinte años no genera empleo en blanco” y que “modernizar reglas es urgente”. El giro discursivo fue evidente.

La política, sin embargo, no suele absolver con facilidad estas oscilaciones.

Porque cuando el discurso público plantea una cosa y la acción parlamentaria ejecuta otra, lo que entra en discusión no es una votación aislada, sino la credibilidad del relato político. La coherencia deja de ser un detalle retórico para convertirse en un activo central.

El movimiento de Scaglia también expuso otra tensión, menos visible pero igual de relevante: su propio posicionamiento dentro del tablero opositor no peronista. La diputada intentó instalar una postura de moderación, reclamando debate y diálogo. Finalmente, terminó alineándose con la lógica de mayorías que había cuestionado.

La contradicción no pasó inadvertida.

En el recinto, Scaglia defendió su voto apelando a la agenda productiva, al reclamo empresario y a la necesidad de previsibilidad normativa. Fuera del recinto, el contraste con sus declaraciones previas alimentó críticas internas y externas.

La reforma laboral avanzó. El oficialismo celebró. Pero en la trama política que rodeó la votación, la diputada santafesina quedó atrapada en una secuencia difícil de explicar: advertencias públicas, dudas sobre el quórum y un respaldo final sin reservas.

En un escenario legislativo atravesado por tensiones federales, alineamientos cambiantes y disputas por liderazgo, cada voto tiene peso político propio. Y cada cambio de posición, inevitablemente, también.

Porque en política, muchas veces, el problema no es lo que se vota.

Es lo que se dijo antes.

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