En un escenario cada vez más áspero para el periodismo independiente, cumplir diez años no es solo un aniversario: es una prueba concreta de resistencia. Diez años atravesando gobiernos de distinto signo político, con relaciones cambiantes, a veces cordiales, otras tensas y muchas directamente hostiles. Diez años aprendiendo a convivir con el hostigamiento, las operaciones, los intentos de disciplinamiento y ese reflejo tan viejo como el poder mismo: señalar al mensajero cuando el mensaje incomoda.
En esta década nos pusieron todas las etiquetas posibles. Fuimos “socialistas”, “peronistas”, “radicales”, “libertarios”, según quién se sintiera afectado por una nota, una investigación o una pregunta incómoda. Pero la realidad es bastante más simple —y bastante más incómoda para algunos—: no respondemos a ninguna bandera partidaria. No porque no tengamos una posición ética, sino porque nuestra única agenda es contar lo que pasa. Contarlo con datos, con hechos, con documentos, con contexto. No con bajadas de línea ni con obediencia debida.
Cuando gobernaban los socialistas, eran los opositores quienes golpeaban nuestra puerta para tener voz. Durante la gestión de Omar Perotti, muchos radicales encontraban en este medio un espacio para denunciar lo que consideraban injusto o mal hecho. Hoy, varios de esos mismos actores nos acusan, nos insultan o directamente intentan operarnos. La memoria, parece que dura lo que dura la conveniencia. La amistad política suele terminar cuando alguien enciende la luz donde no quieren que se mire.
En paralelo, vimos crecer a otros medios que nacieron del mismo esfuerzo cotidiano que el nuestro, pero que eligieron otro camino: el del silencio cómodo, el del aplauso automático, el del periodismo servil disfrazado de objetividad. Algunos incluso se presentan como “independientes”, aunque sus agendas coincidan milimétricamente con la del poder de turno. Más atentos a no incomodar que a informar. Más preocupados por quedar bien que por decir la verdad.
Esto no se trata solo de pauta oficial. Se trata, sobre todo, de poder dormir tranquilos. De saber que lo que publicamos es lo que realmente pasa, o al menos lo que honestamente vemos que pasa. Y hay un dato que atraviesa estos diez años y vale más que cualquier premio: nadie pudo acusarnos de mentir. Nos dijeron de todo. Nos descalificaron, nos insultaron, nos señalaron. Pero nunca pudieron demostrar que publicáramos algo falso.
Hoy atravesamos un tiempo político donde los gobiernos —sin importar el color— eligen culpar a los medios por sus fracasos, sus frustraciones o sus promesas incumplidas. En lugar de rendir cuentas, revisar errores o corregir el rumbo, prefieren construir enemigos. Y el blanco predilecto es siempre el mismo: el periodismo que no se arrodilla, que no negocia su agenda editorial por una pauta, que no acepta ser parte de la estafa electoral permanente.
Eso es lo que ocurre con politicadesantafe.com, un medio que esta cumpliendo diez años contando lo que muchos prefieren ocultar. No nos jactamos de ser incómodos: nos toca serlo. Porque desde el primer día elegimos hacer un periodismo con mirada provincial, con conocimiento real de los engranajes del poder, desde el Concejo Deliberante más chico hasta el sillón de la Gobernación.
Y justamente por eso molestamos. Porque no nos dejamos disciplinar. Porque no entramos en la coreografía oficialista ni en el coro opositor automático. Porque seguimos preguntando incluso cuando las respuestas no convienen. Y porque no olvidamos quién era quién antes de llegar al poder, cuando pedían una nota, un espacio, una oportunidad para ser escuchados.
Hoy, esos mismos funcionarios nos cierran la puerta, nos ignoran en conferencias, nos bajan el pulgar. Pero eso no es fortaleza: es miedo. Y el miedo, como la mentira, siempre tiene patas cortas.
A diferencia de quienes hoy juegan a ser periodistas mientras transcriben gacetillas o repiten slogans, nosotros elegimos seguir haciendo periodismo. Sin obediencia debida. Con oficio. Con memoria. Con la convicción de que el poder pasa, pero la verdad —aunque incómoda— permanece.
Y porque todo vuelve, porque todo termina, cuando quienes hoy se creen eternos se bajen del pedestal o sean bajados por las urnas, nosotros vamos a seguir acá. En el mismo lugar. Con la misma credencial. Con el mismo compromiso. Haciendo lo mismo de siempre: contar lo que otros quieren esconder.
Si incomodamos, es porque estamos haciendo bien nuestro trabajo.
Y en estos tiempos, eso vale más que nunca.



