La inauguración del Aeropuerto Internacional de Rosario no fue solo un hito en materia de infraestructura y conectividad para Santa Fe. También funcionó como una postal política cargada de simbolismo: el reencuentro público entre el actual gobernador Maximiliano Pullaro y su antecesor, Omar Perotti. Un gesto que, lejos de ser anecdótico, volvió a poner en escena una idea cada vez más escasa en la política argentina: la continuidad de políticas de Estado más allá de los cambios de gestión.
La imagen compartida entre ambos dirigentes —con gestos de cordialidad y reconocimiento mutuo— no sorprendió a quienes siguen de cerca el derrotero de esta obra. El Aeropuerto “Islas Malvinas” fue concebido, impulsado y sostenido durante la gestión de Perotti, y finalizado bajo el actual gobierno provincial. Una obra que atravesó contextos adversos, decisiones políticas complejas y restricciones económicas, y que hoy se presenta como una de las infraestructuras más relevantes para el desarrollo productivo y turístico de la provincia.
En tiempos de polarización extrema y disputas permanentes por el relato, el corte de cinta en Rosario dejó un mensaje implícito: hay obras que no pertenecen a un gobierno, sino a la provincia.
Una inversión histórica para conectar Santa Fe con el mundo
La reapertura del Aeropuerto Internacional de Rosario implicó una inversión de 150 millones de dólares, financiada íntegramente con fondos provinciales. Las obras incluyeron la repavimentación integral de la pista de 3.000 metros, la reconstrucción de sus cabeceras, la instalación de un moderno sistema de balizamiento LED —equiparable al del Aeropuerto de Ezeiza— y la ampliación de la terminal, que ahora alcanza los 10.500 metros cuadrados.
Las mejoras permitirán que, a partir de 2026, el aeropuerto opere vuelos hacia siete países, supere las 50 conexiones semanales y reciba aeronaves de mayor porte, elevando su categoría operativa. Cerca de 25.000 personas participaron de la jornada inaugural, en una clara muestra del interés social y regional que despierta la obra.
Durante el acto, Pullaro destacó que el aeropuerto “no es solo para quienes quieren viajar, sino una puerta abierta de Rosario y de toda la región al mundo”, y lo definió como un símbolo de una provincia productiva que apuesta al desarrollo. En esa línea, subrayó la idea de obra pública “sin corrupción, con eficacia y terminada en tiempo y forma”.
Una obra que trasciende gestiones
Más allá del discurso oficial del actual gobierno, el dato político central fue la presencia de Omar Perotti. El ex gobernador tuvo un rol decisivo en el impulso de esta obra emblemática, que atravesó su gestión en medio de un contexto extraordinariamente adverso: la pandemia de COVID-19, el impacto de la guerra en la economía global y una de las sequías más severas de la historia reciente.
A pesar de ese escenario, Perotti dejó una provincia con cuentas ordenadas, presupuesto consensuado y obras estratégicas en marcha, en marcado contraste con el estado financiero con el que recibió el gobierno en 2019. Con el paso del tiempo, y ya a dos años del inicio de la gestión Pullaro, esa herencia comienza a ser valorada con mayor perspectiva política.
No es la primera vez que ocurre: muchas gestiones encuentran su reconocimiento real cuando ya no están en el poder y los resultados pueden compararse sin el ruido de la coyuntura.
Entre el presente y el 2027
El reencuentro entre Pullaro y Perotti también dejó flotando una pregunta inevitable: ¿serán rivales en 2027? Todo indica que sí. El ex gobernador rafaelino aparece como una de las figuras con mayor volumen político dentro del peronismo santafesino y, aunque evita confrontar abiertamente, tampoco interfiere ni pone obstáculos a la actual gestión.
Si ese escenario se concreta, el debate electoral tendrá un eje claro: la comparación entre dos modelos de gobierno, dos contextos distintos y dos formas de administrar la provincia. La inauguración del Aeropuerto de Rosario, paradójicamente, podría ser uno de los puntos de encuentro y, al mismo tiempo, de contraste.
Por ahora, la foto compartida dejó una señal poco frecuente en la política actual: cuando la obra pública se piensa como política de Estado, los gobiernos pasan, pero las infraestructuras quedan. Y en ese gesto, Rosario y Santa Fe despegan un poco más allá de la coyuntura.



