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06/04/2026 12:08 pm

La comunicación del gobierno con desorden interno y un relato que no convence

Cuando la comunicación falla, no hay relato que alcance. El gobierno invierte millones, pero pierde la batalla de la percepción en la calle. No es un problema de voceros, la crisis de comunicacional del gobierno sigue sin rumbo.

Cualquiera puede comunicar. Pero la comunicación de un gobierno no es para cualquiera. Y mucho menos cuando se trata de sostener un relato en una provincia compleja como Santa Fe.

Esta semana, el oficialismo volvió a dejar en evidencia ese problema estructural. Funcionarios de cuarta y quinta línea salieron a “defender la gestión” en redes, medios y actos públicos, pero lejos de ordenar el mensaje, lo que lograron fue amplificar el desconcierto. Mensajes contradictorios, exposiciones innecesarias y, en algunos casos, situaciones que terminaron generando más ruido que respaldo.

No fue un hecho aislado. Fue la muestra más reciente de una falla que ya es sistémica.

Millones para comunicar… y nada para convencer

El dato es tan contundente como incómodo: el gobierno de Maximiliano Pullaro destina cifras millonarias por día a pauta y propaganda oficial.

Distintos relevamientos ubican ese gasto en torno a los 120 millones de pesos diarios, administrados desde el área de comunicación que conduce Luis Persello. Una de las cajas más grandes de toda la estructura estatal.

Con ese nivel de inversión, el objetivo debería ser claro: instalar agenda, ordenar el discurso, construir legitimidad y sostener políticamente la gestión.

Pero ocurre exactamente lo contrario.

El mensaje no baja, no se organiza y, sobre todo, no convence. La comunicación oficial no logra anclar en el vecino. No construye sentido. No genera empatía. No ordena el clima político.

Y cuando una gestión invierte millones para comunicar y aun así pierde la batalla del sentido común, el problema no es de recursos. Es de conducción.

Una seguidilla de derrotas que tienen el mismo origen

Los ejemplos sobran y tienen un hilo conductor común: la mala comunicación.

En octubre de 2025, el oficialismo sufrió una derrota histórica. Con una inversión millonaria en campaña, la candidata del gobierno terminó en tercer lugar.

Meses después, durante la crisis policial de febrero, el Gobierno volvió a perder otra batalla clave: la de la opinión pública. Ocho de cada diez santafesinos se mostraban a favor del reclamo policial.

En educación, el escenario se repite. Lejos de debilitar el reclamo docente, la comunidad educativa empieza a alinearse con los maestros.

La gestión habla. La sociedad escucha otra cosa.

No es un problema de vocería

En ese contexto, aparece una respuesta que dentro del gobierno empieza a tomar fuerza: crear o reforzar una vocería oficial.

Pero ahí también hay un error de diagnóstico.

La comunicación no se soluciona nombrando un vocero.

Un vocero es, en términos básicos, quien transmite con claridad la posición del gobierno y ordena el vínculo con los medios y la sociedad . Pero para que eso funcione, primero tiene que existir una estrategia, una conducción política y un mensaje coherente.

Nada de eso hoy está garantizado.

Por eso, creer que el problema se resuelve colocando a una funcionaria —que hasta ayer ocupaba un rol de tercera línea— como “voz del gobernador” es, en el mejor de los casos, ingenuo. En el peor, un intento más de maquillar una crisis más profunda.

De hecho, dentro del propio oficialismo ya se analiza incorporar una figura de vocera para fortalecer la comunicación . Pero el problema no es quién habla. El problema es qué se dice, cómo se dice y quién conduce ese mensaje.

Sin eso, no hay vocero que alcance.

Más funcionarios, más ruido

En paralelo, la estructura política del gobierno se expandió como nunca: de poco más de 600 cargos a más de 2.000 en poco tiempo.

La lógica parecía simple: más funcionarios, más voceros.

Pero sin estrategia, lo único que creció fue el ruido.

Cada uno habla por su cuenta. Cada uno interpreta el mensaje como puede. Y así, la comunicación deja de ser una herramienta para convertirse en un problema.

Persello, la caja y el fracaso

En el centro de este esquema aparece un nombre propio: Luis Persello, responsable de la comunicación del gobierno.

Con una de las partidas más abultadas del gabinete, tiene todo para ordenar, planificar y ejecutar una estrategia eficaz.

Pero los resultados son pobres.

No hay narrativa clara. No hay conducción. No hay estrategia sostenida. Cada intento de instalar agenda termina diluyéndose o volviéndose en contra.

En política, eso no es un error menor. Es un fracaso.

Ministros sin puentes, gobierno sin relato

El problema también alcanza a figuras centrales del gabinete.

Ministros como Pablo Cococcioni o José Goity arrastran conflictos con sectores clave, lo que debilita aún más la capacidad del Gobierno de transmitir su mensaje.

Cuando los puentes están rotos, la comunicación no fluye. Y cuando no fluye, el relato se cae.

La responsabilidad es política

Hay un dicho que sintetiza este escenario: “la culpa no es del chancho, sino de quien le da de comer”.

La responsabilidad final no es técnica. Es política.

Es el gobernador quien sostiene a su equipo, quien valida las estrategias y quien insiste en un esquema que no funciona.

Puede sumar voceros. Puede aumentar la pauta. Puede multiplicar funcionarios.

Pero sin conducción, sin estrategia y sin orden, nada de eso va a cambiar el resultado.

Un problema que ya se paga en las urnas

Los números son claros. El capital político del oficialismo viene en caída.

Y eso no es casual.

Cuando la comunicación falla, la política lo paga.

Se paga en la calle. Se paga en los conflictos. Y, sobre todo, se paga en las urnas.

Juan Francisco 1
Juan Francisco

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