Flávio Bolsonaro sorprendió al terminar primero con el 47,03% de los votos válidos y Luiz Inácio Lula da Silva quedó segundo con el 45,16%. El resultado no permite trasladar conclusiones automáticas hacia la Argentina ni anticipar qué sucederá en Santa Fe en 2027, pero deja tres señales que la política debería mirar: las encuestas vuelven a mostrar sus límites, una buena macroeconomía no necesariamente se transforma en satisfacción social y los electores menos identificados partidariamente pueden modificar sus prioridades de una elección a otra.
Brasil votó y dejó una elección mucho más ajustada y sorprendente de lo que buena parte de la política esperaba. Flávio Bolsonaro obtuvo 56,1 millones de votos y terminó primero con el 47,03% de los sufragios válidos, mientras que Luiz Inácio Lula da Silva alcanzó el 45,16%, con 53,8 millones. Como ninguno superó el 50%, volverán a enfrentarse el próximo 25 de octubre en el balotaje.
El resultado tiene además otro dato que merece atención: 33,4 millones de brasileños directamente no fueron a votar. La abstención llegó al 21,08%, mientras que hubo 2,3 millones de votos en blanco y 3,67 millones de votos nulos. Es decir, además de los casi 110 millones de personas que eligieron a alguno de los dos principales candidatos, existe una porción considerable de la sociedad que se mantuvo afuera de esa polarización.
Comparar elecciones de países distintos siempre exige prudencia. Incluso dentro de una misma provincia, dos elecciones realizadas con pocos meses de diferencia pueden mostrar comportamientos completamente distintos. No existe una fórmula brasileña que permita anticipar qué hará un argentino y mucho menos qué decidirá un santafesino dentro de un año. Pero eso no significa que no haya nada para observar.
Brasil comparte con la Argentina fenómenos políticos que atraviesan buena parte de las democracias actuales: polarización, desgaste de las estructuras tradicionales, electorados volátiles, preocupación económica, inseguridad, redes sociales, liderazgos con niveles elevados de adhesión y rechazo y una creciente dificultad para convertir mejoras macroeconómicas en bienestar percibido.
Por eso, sin utilizar el resultado brasileño como pronóstico, aparecen al menos tres mensajes que la política argentina y particularmente la santafesina deberían anotar.
Primer mensaje: las encuestas volvieron a encontrarse con las urnas
Durante buena parte de la previa electoral, numerosos estudios ubicaron a Lula por delante de Flávio Bolsonaro. No todos pronosticaban una victoria holgada y algunos ya mostraban una elección dentro del margen de error, pero la tendencia predominante de los relevamientos finales colocaba al presidente brasileño arriba.
Datafolha, por ejemplo, llegó a la víspera de la elección con Lula en 45% y Bolsonaro en 42% de los votos válidos, un empate técnico dentro del margen de error, pero con el mandatario primero. Días antes lo había ubicado 45% a 40%. CNT/MDA también mostraba a Lula adelante, con 47,8% contra 42,1%. Reuters señalaba antes de la votación que distintos sondeos —entre ellos Datafolha, Quaest, CNT/MDA y AtlasIntel— coincidían en una ventaja de Lula, aunque anticipaban una competencia cerrada. Las urnas invirtieron el orden: Bolsonaro 47,03%, Lula 45,16%.
Una encuesta es una fotografía construida sobre una muestra, con un margen de error y tomada en un momento determinado. Tampoco es una predicción del futuro. Pero cuando la fotografía final no consigue reproducir correctamente el orden de llegada, la política debería tomar nota de las dificultades crecientes para medir determinados comportamientos electorales.
En Santa Fe conocemos bastante de eso. Las encuestas también tuvieron problemas durante los últimos procesos electorales para capturar movimientos que terminaron apareciendo en las urnas. Basta con mirar cómo se comportaron las encuestas en la última elección del 2025, en la Nacional, Sin ir más lejos, como ejemplo podemos dar las encuestas que daban un escenario de tercios en la Provincia de Santa Fe y no pasó. El Gobernador Pullaro y su candidata, nada más y nada menos que su vicegobernadora salieron terceros, cuando los encuestadores hablaban de otra cosa.
Por eso existe una primera advertencia pensando en 2027: convertir hoy una encuesta de intención de voto en una fotografía definitiva del futuro provincial sería un error. Falta demasiado. Y, fundamentalmente, falta conocer cuál será el problema que ordenará la decisión del santafesino cuando finalmente llegue a la urna.
Segundo mensaje: una macroeconomía que mejora no necesariamente gana una elección
Probablemente éste sea el punto más interesante del resultado brasileño.
Brasil llegó a las elecciones con indicadores macroeconómicos que, observados aisladamente, podían resultar favorables para un oficialismo. El desempleo se ubicó alrededor del 5,3%, la inflación se encontraba relativamente contenida y distintos indicadores sociales habían mejorado. Sin embargo, esa fotografía convivía con otra realidad: aproximadamente el 82% de las familias brasileñas estaban endeudadas y una parte importante continuaba teniendo dificultades para afrontar sus gastos cotidianos.
Ahí aparece una enseñanza política conocida pero muchas veces olvidada: la gente no vota una planilla de Excel.
Puede reconocer que determinados indicadores generales mejoraron y, simultáneamente, sentir que su situación personal no avanzó en la misma proporción. Puede valorar políticas públicas y, al mismo tiempo, considerar que necesita otra cosa. Puede haber salido de una situación social determinada y empezar inmediatamente a reclamar el siguiente escalón.
La clase media suele ser especialmente sensible a ese proceso. No solamente quiere conservar lo conseguido: pretende progresar, ahorrar, consumir, acceder a una vivienda, educar a sus hijos, viajar, proyectar y tener la sensación de que el esfuerzo cotidiano permite avanzar.
Cuando esa expectativa se rompe, el buen indicador macroeconómico puede dejar de alcanzar. Y algo de eso aparece en Brasil. La campaña estuvo atravesada por la distancia entre ciertos indicadores positivos y la percepción económica cotidiana de familias fuertemente endeudadas. A eso se agregaron la inseguridad, el rechazo político y una polarización en la que una parte importante del voto se construyó más contra el adversario que por entusiasmo con el candidato propio.
La comparación con la Argentina debe hacerse con cautela, pero ofrece una advertencia para el Gobierno de Javier Milei. Una administración puede exhibir equilibrio fiscal, desaceleración inflacionaria u otras variables macroeconómicas, pero electoralmente necesitará que esas mejoras sean percibidas también en la economía cotidiana.
El salario, la jubilación, el alquiler, la cuota de la escuela, los servicios, el supermercado y la posibilidad de llegar a fin de mes siguen siendo variables políticas.
Por eso sería apresurado leer el resultado brasileño simplemente como una confirmación ideológica del rumbo libertario argentino. Son países, gobiernos y contextos diferentes.
La pregunta que deja Brasil es más incómoda: ¿alcanza con mostrar resultados generales cuando una parte de la sociedad siente que su economía personal todavía no mejora?. La experiencia brasileña acaba de mostrar que no necesariamente.
Tercer mensaje: el elector cambia sus prioridades cuando cambia su principal problema
Este punto permite mirar directamente hacia Santa Fe. Los electorados no firman contratos eternos con quienes votan. Pueden elegir a un candidato porque representa la respuesta más convincente para un problema determinado y, cuatro años después, evaluar al mismo dirigente utilizando una preocupación completamente diferente.
La seguridad es un buen ejemplo. Brasil llegó a esta elección con el delito y la violencia entre las preocupaciones presentes en la discusión electoral. Análisis posteriores a la primera vuelta ubicaron precisamente al crimen, junto con las dificultades económicas y otros factores, entre los problemas que erosionaron a Lula.
Santa Fe atravesó durante años una crisis de violencia particularmente grave en Rosario. Maximiliano Pullaro hizo de la seguridad uno de los pilares de su propuesta electoral de 2023 y, ya como gobernador, convirtió la reducción de la violencia en una de las principales banderas de su administración. Pero de allí no puede concluirse qué ocurrirá en 2027. Precisamente porque el votante puede modificar la pregunta.
Si dentro de un año la percepción de seguridad continúa siendo mejor que la existente al comienzo de la gestión, el elector podrá reconocer ese resultado y, al mismo tiempo, empezar a evaluar otras dimensiones del Gobierno. La economía provincial, la educación, la salud, la relación con los trabajadores estatales, el funcionamiento institucional, la obra pública, la presión tributaria, la calidad de los servicios o el vínculo del Ejecutivo con los demás poderes pueden adquirir un peso diferente.
Ahí está una de las enseñanzas más interesantes de cualquier elección: resolver o mejorar un problema no congela el voto que ese problema ayudó a conseguir. La sociedad inmediatamente construye una nueva demanda.
Santa Fe: después de la seguridad, ¿qué será lo próximo que se evalúe?
Esta pregunta debería interesarle especialmente al oficialismo provincial.
Pullaro construyó buena parte de su capital político alrededor de una promesa concreta: recuperar el control de la seguridad. Si una parte significativa de la sociedad considera que hubo avances, eso constituye un activo para el Gobierno. Pero un activo no es un cheque en blanco.
En 2027 el gobernador y Unidos deberán ser evaluados por el conjunto de la gestión. Y allí aparecerán necesariamente otros debates que ya forman parte de la conversación pública santafesina: los conflictos con docentes y trabajadores estatales, las reformas previsionales, la relación con sectores del Poder Judicial, la concentración de decisiones dentro del Ejecutivo y las controversias alrededor de algunas de las reformas penales impulsadas por la Casa Gris.
Sobre cada uno de esos puntos existen posiciones contrapuestas. El Gobierno sostiene que sus reformas forman parte de una transformación del Estado y de una política destinada a recuperar autoridad, eficiencia y seguridad. Sus críticos consideran que algunas decisiones tensionan equilibrios institucionales, derechos laborales y controles sobre el poder. Serán los electores quienes ponderen esos argumentos.
Lo que Brasil permite recordar es que probablemente no los ponderarán con la misma escala utilizada cuatro años antes.
Un ciudadano que en una elección priorizó seguridad puede priorizar ingresos en la siguiente. Quien votó buscando estabilidad económica puede después reclamar mejores servicios públicos. Quien eligió orden puede comenzar a demandar institucionalidad. Y quien acompañó una transformación puede posteriormente preguntarse por sus costos. Esa movilidad es justamente la que vuelve tan difícil pronosticar elecciones con demasiado tiempo de anticipación.
El verdadero poder de los indecisos
Después aparece un sector al que la política suele mirar con desesperación en las últimas semanas de cada campaña: los indecisos y, más ampliamente, los electores con menor identificación partidaria.
No son necesariamente ciudadanos desinformados ni personas alejadas de la realidad política. Muchas veces ocurre exactamente lo contrario. Son quienes no sienten pertenencia permanente a un espacio y evalúan su voto a partir de una combinación de experiencias cotidianas, expectativas económicas, desempeño gubernamental y percepción sobre el futuro.
Datafolha mostraba en la víspera de la elección brasileña que el 87% de quienes habían definido una opción decía estar completamente decidido, pero entre los electores no alineados con el lulismo ni con el bolsonarismo la volatilidad era considerablemente mayor: el 28% todavía podía cambiar su voto.
Ese universo es particularmente importante porque suele escapar de la lógica de la militancia. No necesariamente se moviliza por un acto. No siempre se identifica con una bandera. No define su decisión por un jingle. Puede cambiar su voto entre elecciones sin sentir que está traicionando ninguna identidad política.
Es el ciudadano que trabaja, paga impuestos, lleva a sus hijos a la escuela, utiliza servicios públicos, intenta mantener sus ingresos y proyecta una vida mejor. Y cuando llega el momento de votar compara su situación actual con aquello que esperaba algunos años atrás. Allí se construyen muchas elecciones.
El voto “en contra” también tiene límites
Brasil mostró además hasta qué punto la polarización negativa puede organizar una elección.
Lula y Bolsonaro concentran adhesiones muy fuertes, pero también rechazos intensos. Buena parte de la campaña brasileña estuvo atravesada por esa lógica: no solamente convencer al ciudadano de las virtudes propias, sino advertirle sobre los riesgos que representaría la victoria del adversario. Ese fenómeno tampoco resulta extraño para la Argentina.
Durante los últimos años, buena parte de nuestra política electoral se organizó alrededor del rechazo: antikirchnerismo, antimacrismo, antiperonismo, antimileísmo. La identidad negativa consiguió en muchos momentos movilizar tanto o más que la adhesión positiva. Pero también allí existe un límite.
Gobernar exige algo más que recordarle permanentemente al elector por qué no debería regresar quien estuvo antes. En algún momento aparece inevitablemente una pregunta sobre el futuro. ¿Qué viene después?, ¿Qué proyecto existe para mejorar mi vida?, ¿Qué posibilidades tendrán mis hijos?, ¿Voy a vivir mejor dentro de cuatro años?.
Esa construcción de expectativa probablemente sea una de las claves de las próximas elecciones argentinas y santafesinas.
Brasil no anticipa Santa Fe, pero deja un espejo para mirar
El 25 de octubre Flávio Bolsonaro y Lula volverán a enfrentarse. La diferencia de la primera vuelta fue de apenas 1,87 puntos porcentuales y el balotaje constituye una nueva elección: los votos no se trasladan automáticamente y ambos candidatos deberán buscar a quienes eligieron otras opciones, se abstuvieron o todavía pueden modificar su decisión.
Puede ganar Lula. Puede ganar Bolsonaro. Hoy ninguna de esas posibilidades debería presentarse como un resultado asegurado. Pero independientemente de quién termine gobernando Brasil, la primera vuelta ya dejó tres mensajes interesantes para mirar desde este lado de la frontera.
Primero, las encuestas siguen siendo herramientas que se equivocan más de lo que aciertan, tienen límites y no reemplazan a las urnas.
Segundo, mejorar indicadores macroeconómicos no garantiza respaldo electoral si esa mejoría no consigue llegar a la experiencia cotidiana de las familias.
Tercero, los electores cambian. Modifican sus prioridades, elevan sus expectativas y pueden dejar de votar por el problema de ayer para empezar a hacerlo por la necesidad de mañana.
Quizás allí esté el mensaje más importante para la Argentina y particularmente para Santa Fe.
Los gobiernos suelen enamorarse de aquello que alguna vez les permitió ganar. Creen que si una bandera funcionó en una elección seguirá funcionando indefinidamente. Pero las sociedades avanzan, retroceden, cambian sus preocupaciones y construyen nuevas demandas.
El elector que ayer pidió seguridad mañana puede pedir salario. El que reclamó estabilidad puede exigir crecimiento. El que pidió autoridad puede empezar a reclamar límites. Y el que acompañó un cambio puede preguntarse, tiempo después, si ese cambio efectivamente mejoró su vida.
Brasil no permite saber quién ganará en Santa Fe en 2027. Pero sí vuelve a recordar algo mucho más sencillo: ninguna elección está ganada con anticipación y ningún gobierno conserva para siempre las razones que alguna vez llevaron a la sociedad a elegirlo.





