A dos años de haber asumido como gobernador de Santa Fe, Maximiliano Pullaro empieza a mostrar un perfil que contradice abiertamente el discurso con el que llegó al poder. Lejos de consolidarse como un demócrata abierto al debate y a la pluralidad de voces, su gestión exhibe rasgos crecientes de autoritarismo político, concentración del mensaje y rechazo sistemático a toda mirada crítica que no se subordine al relato oficial.
Pullaro gobierna escuchando una sola campana: la suya. Y para sostener ese esquema se rodeó de un séquito de funcionarios y comunicadores obsecuentes que todos los días alimentan a medios aliados con versiones edulcoradas de la realidad, replicando una lógica conocida en la historia argentina: más propaganda que periodismo, más bajada de línea que información. En ese esquema, quien pregunta incomoda; y quien incomoda, estorba.
Desde el primer día, politicadesantafe.com decidió pararse en otro lugar. No por una cuestión económica ni por una postura ideológica cerrada, sino por una convicción básica del oficio: contar lo que pasa dentro de la Casa Gris, narrar decisiones, exponer tensiones y decir aquello que muchos prefieren callar. Ese posicionamiento tuvo costos. Llamados, presiones, ninguneos, discriminación publicitaria, intentos de desestabilización y todas las herramientas que el poder suele usar contra una empresa periodística mediana que no se deja domesticar.
En dos años de gestión, Pullaro nunca le concedió una entrevista a este medio. No por falta de pedidos ni por ausencia de relevancia: politicadesantafe.com es hoy un actor consolidado dentro del microclima político y con creciente llegada a sectores amplios de la sociedad santafesina. La razón es otra: el gobernador no quiere dialogar con quien no esté dispuesto a convertirse en propalador de su discurso. Paradójicamente, sí accede a entrevistas con influencers o espacios donde las preguntas están previamente guionadas por expertos en comunicación política, los mismos que ya le hicieron perder elecciones y miles de votos.
La última campaña electoral dejó al descubierto el costado más reaccionario del poder cuando se siente incómodo. Pullaro demostró poca tolerancia a las preguntas incómodas, incluso con medios que históricamente fueron complacientes con su gestión. El problema, entonces, no es un medio en particular: es el rechazo estructural al control democrático que implica el periodismo crítico.
El gobernador todavía está a tiempo de cambiar. De revisar su vínculo con la prensa, de entender que comunicar no es imponer y que gobernar no es silenciar. Si no lo hace, corre el riesgo de quedar en la historia como el gobernador de las reformas hechas a los empujones, “a lo que dé”, embistiendo a propios y ajenos, pero también como el dirigente más autoritario de la democracia santafesina.
Si Pullaro se sentara a una entrevista sin condicionamientos —algo que hoy parece improbable, sobre todo porque el secretario de Comunicación, Luis Persello, directamente dejó de atender el teléfono— las preguntas de los periodistas de politicadesantafe.com serían muchas y necesarias:
¿Por qué está enfrentado con los docentes mientras vende una educación de primer mundo y son ellos los que estan al frente de esa educación?.
¿Por qué el destrato permanente al trabajador estatal, si dice que el problema es solo con los sindicalistas?.
¿Por qué minimiza o directamente desconoce los hechos de extrema violencia en Rosario y Santa Fe y el avance de la inseguridad en ciudades que antes eran tranquilas, como Rafaela o Reconquista?.
¿Por qué no reconoce el malestar creciente en las fuerzas de seguridad por salarios bajos, atrasos en adicionales y condiciones laborales indignas?
¿Por qué impulsa una renovación de la Corte Suprema con todos perfiles de orientación radical?
¿Por qué ajustó miles de puestos de trabajo en el Estado pero cuadruplicó la planta de personal político?
¿Por qué a sus socios del frente les otorgó ministerios vacios de poder, sin caja ni margen de gestión real?
¿Por qué fingió demencia ante una performance electoral catastrófica, con un gasto millonario que aún no fue explicado?
¿Cuándo va a rendir cuentas por obras anunciadas con cientos de carteles minusiosamente distribuidos y no ejecutadas?
¿Cuándo va a explicar los desembolsos estrafalarios a organizaciones vinculadas a iglesias evangélicas?
¿Por qué el Ministerio de Desarrollo Humano es un caos a punto de estallar?
¿Por qué no movió una sola pieza del gabinete pese a derrotas electorales y reclamos de sus propios socios?
¿Por qué le teme a un medio que lo escuchó decir, antes de ser gobernador, que sería el más democrático de la democracia moderna?
Pullaro suele definirse como un hombre del boxeo. Pero en política, como en el ring, no alcanza con tirar golpes: también hay que saber recibirlos. El gobernador aún puede cambiar su mirada sobre los medios críticos. Solo hace falta algo muy simple: atender el teléfono, dar la cara y responder.
De lo contrario, su gestión no solo será recordada por el ajuste y las reformas forzadas, sino también como la gestión del miedo: miedo a preguntar, miedo a responder y miedo a que se cuente lo que realmente pasa.



