La pregunta no es nueva en la política santafesina. A meses de salir de la pandemia, Omar Perotti fue expulsado entre insultos y escupitajos del Monumento a la Bandera. Aquella escena, que expuso una ruptura social profunda, parecía una excepción. Hoy, con Maximiliano Pullaro, la pregunta vuelve con fuerza: ¿quién cuida al gobernador?
El cruce violento ocurrido en Barrancas durante el Festival Familiar, entre el mandatario, su custodia y un vecino de la localidad, no fue un hecho aislado ni un episodio menor. Es un capítulo más de una serie de situaciones que, en estos más de dos años de gestión, muestran una relación cada vez más deteriorada entre el poder y la sociedad. Los escraches, las protestas y los reclamos cara a cara se repiten. Y el problema ya no es la protesta en sí. El problema es la gestión.
Pullaro eligió gobernar con una prioridad clara: ordenar las cuentas, mostrar equilibrio fiscal, “hacer caja”. Lo hizo, en gran medida, a costa de los trabajadores del Estado. Salarios atrasados, conflictos permanentes con docentes, estatales y fuerzas de seguridad, malestar extendido en áreas sensibles. Pero el problema va más allá de una política económica. Hay un estilo de conducción que se volvió marca registrada: soberbia de arriba hacia abajo, decisiones cerradas en un círculo mínimo, escasa tolerancia a la crítica.
Ese estilo solo se sostiene por una red de apoyos territoriales: legisladores propios, intendentes aliados, una estructura que en muchas regiones sigue siendo fuerte. Sin embargo, incluso en localidades gobernadas por radicales, la comparación aparece en voz baja: con Perotti, dicen, se entendían mejor. No es un dato menor.
Pero Pullaro tiene un problema aún más profundo que los conflictos sectoriales o los escraches públicos. Es su mesa chica. Su entorno más íntimo. Sus obsecuentes. Lo definió con crudeza un dirigente que lo conoce bien en los papeles, pero poco en la realidad: “la estudiantina pullarista”. Un grupo cerrado, impermeable a la autocrítica, que no solo no se va a achicar, sino que probablemente se profundice. Varios de sus integrantes ya proyectan candidaturas para seguir perteneciendo, para seguir siendo parte.
Las políticas de la gestión no cambian de rumbo: se profundizan. Los nombres son los mismos. Los métodos, también. Sus socios políticos miran desde la tribuna. Nadie se anima a correrle la lapicera al gobernador. Mucho menos a cuestionar a los miembros de esa “estudiantina” que hoy concentra poder, decisiones y futuro.
Por eso, el episodio de Barrancas no debería leerse como un accidente. Es un síntoma. De un gobierno que se fue encerrando. De una conducción que confunde autoridad con aislamiento. De una gestión que perdió sensibilidad social y capacidad de escuchar.
Y entonces, la pregunta sigue abierta. No es retórica. Es política, institucional y urgente:
¿Quién cuida al gobernador… de su propio gobierno?



