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Silencio, crisis y retroceso: los días que sacudieron a la gestión de Maximiliano Pullaro

El estallido policial se desactivó con un decreto inevitable, pero dejó al descubierto problemas de conducción, desgaste institucional y una gestión que empezó el año corriendo detrás de los conflictos.

El estallido policial se desactivó con un decreto tardío, pero dejó al descubierto problemas de conducción, desgaste institucional y una gestión que empieza a mostrar fisuras en el territorio

El conflicto que sacudió a la Policía de Santa Fe no fue simplemente un reclamo salarial. Fue, en los hechos, una crisis política de magnitud que expuso con crudeza las limitaciones de conducción del Gobierno provincial, su forma de administrar tensiones y, sobre todo, su dificultad para leer a tiempo el clima real que se incubaba dentro de una de las estructuras más sensibles del Estado.

La protesta creció durante días, se expandió territorialmente, escaló en tensión y terminó forzando una respuesta que, lejos de aparecer como una decisión estratégica, se percibió como una reacción inevitable frente a un escenario desbordado.

El decreto salarial no cerró un conflicto: evitó que la crisis siguiera profundizándose.

Una crisis anunciada que el Gobierno decidió ignorar

El malestar policial no irrumpió de manera sorpresiva. Venía acumulándose desde hacía meses, alimentado por salarios deteriorados, sobrecarga operativa, desgaste estructural y un reclamo persistente que circulaba en ámbitos internos y que ya había comenzado a filtrarse en el territorio.

Sin embargo, la respuesta inicial del Ejecutivo fue la minimización del conflicto, una estrategia que combinó silencio político, endurecimiento discursivo y sanciones disciplinarias.

El mensaje fue claro: primero la autoridad, después la escucha.

El problema es que en las crisis institucionales esa secuencia suele producir el efecto inverso.

Del reclamo salarial al quiebre político

Lo que comenzó como una protesta sectorial terminó transformándose en un problema político de escala provincial.

La concentración frente a la Jefatura de Rosario, la expansión del reclamo hacia otras ciudades, la paralización de móviles y el creciente respaldo interno reflejaron algo más profundo que una discusión paritaria: la ruptura de confianza entre conducción política y fuerza policial.

El Gobierno eligió leer el conflicto en clave disciplinaria cuando ya se manifestaba como un fenómeno político.

Y cuando quiso encuadrarlo, la crisis ya había escalado.

La mano dura como primera reacción

Las primeras respuestas oficiales no buscaron desactivar la tensión sino marcar autoridad: pases a disponibilidad, advertencias de sanciones, denuncias sobre infiltraciones y un discurso centrado en la ilegalidad de la protesta.

La estrategia apuntó a aislar el reclamo. El resultado fue exactamente el contrario. Las sanciones no desmovilizaron. Amplificaron el conflicto.

El silencio del gobernador y la señal política que dejó

En el centro del episodio quedó una decisión política que generó ruido dentro y fuera del oficialismo: la prolongada ausencia pública del gobernador Maximiliano Pullaro en los momentos más críticos de la crisis.

Mientras el conflicto se intensificaba, la figura central del Ejecutivo permaneció fuera de escena.

La comunicación política —clave en contextos de crisis— quedó delegada en ministros que, lejos de contener, endurecieron el tono del enfrentamiento.

Fuentes políticas coinciden en que la conferencia no respondió únicamente a la necesidad de oficializar la recomposición salarial, sino a un escenario de presión creciente que ya había desbordado el plano estrictamente policial.

El conflicto había escalado hacia la agenda nacional, activado llamados cruzados entre despachos provinciales y nacionales, y —según reconocen dirigentes del propio oficialismo— encendido alertas dentro de la coalición gobernante.

“No todos dentro del espacio estaban cómodos con la estrategia inicial”, deslizó un referente oficialista, en alusión a las críticas internas que comenzaron a circular a medida que el conflicto se prolongaba.

Gobernar reaccionando, no anticipando

La secuencia dejó una señal política difícil de ignorar: el Gobierno no condujo el conflicto, lo persiguió.

Primero negó la magnitud del problema. Luego endureció la postura. Después sancionó. Finalmente decretó.

La lógica reactiva sustituyó a la conducción preventiva. Y en política, esa diferencia no es menor.

El costo político que empieza a sentirse en el territorio

Más allá de la normalización operativa, el conflicto dejó huellas políticas visibles.

El episodio erosionó la narrativa de control absoluto que el Gobierno buscaba sostener en materia de seguridad y abrió interrogantes dentro del propio oficialismo sobre la gestión de la crisis.

Pero el impacto más relevante comienza a observarse en el territorio. Porque cuando una protesta policial escala de ese modo, lo que se debilita no es sólo una política salarial: se resiente la percepción de conducción política.

Otro de los puntos que emergieron con fuerza en el debate político fue la continuidad de la estructura de conducción tras la crisis.

En distintos ámbitos del oficialismo comenzó a circular una pregunta incómoda: por qué, frente a un conflicto de semejante dimensión, no se produjeron cambios visibles en áreas clave.

El debate remite a una discusión recurrente dentro del sistema político argentino: la necesidad de ajustar equipos en contextos de crisis.

Una frase histórica volvió a resonar en charlas reservadas: “Hay funcionarios que no funcionan y deben ser cambiados”. Hasta el momento, la señal predominante del Ejecutivo fue la continuidad.

Una gestión que empieza a mostrar desgaste

La crisis no ocurrió en un vacío político. Se produjo en el inicio de un año que ya venía cargado de tensiones: paritarias abiertas, malestar sindical, debates legislativos sensibles y una creciente conflictividad social.

El estallido policial actuó como catalizador de un clima que atraviesa al conjunto del empleo público.

Y dejó una advertencia política central: la conflictividad dejó de ser episódica para convertirse en un factor estructural del escenario santafesino.

Las formas también gobiernan

Uno de los aspectos más cuestionados del episodio no fue sólo la política salarial, sino la forma en que el Gobierno administró la crisis.

La percepción de soberbia, rigidez y confrontación temprana comenzó a instalarse con fuerza en ámbitos sindicales, opositores e incluso dentro de sectores aliados.

En política, las decisiones pesan. Pero las formas, muchas veces, definen los costos.

En paralelo, el discurso gubernamental insistió en atribuir parte de la crisis a factores externos: desinformación en redes, circulación de noticias falsas, sectores desplazados o intereses ajenos al reclamo salarial.

Se trata de una dinámica habitual dentro de los procesos políticos contemporáneos: la disputa por el sentido del conflicto.

Sin embargo, distintos analistas advierten que este tipo de estrategias comunicacionales suelen tensionar aún más el vínculo entre Gobierno y sectores movilizados cuando no van acompañadas de una autocrítica explícita.

El decreto que desactivó la protesta, pero no la discusión

El anuncio salarial permitió descomprimir el conflicto inmediato. Pero dejó abierta una discusión más profunda: la relación del Gobierno con sus propios trabajadores, la capacidad de canalizar tensiones dentro de marcos institucionales y la sustentabilidad política de una gestión que empieza a transitar su segunda mitad.

Porque si algo dejó en claro la crisis policial es que los conflictos ignorados no desaparecen. Escalan.

El futuro: la variable que ahora condiciona a la gestión

El episodio dejó una marca política que la gestión difícilmente pueda borrar con anuncios.

Pullaro logró cerrar el frente más urgente. Pero quedó expuesto a una pregunta incómoda que ya circula en el sistema político: ¿qué pasará cuando el próximo conflicto —inevitable en un año cargado de tensiones— vuelva a golpear la puerta?

Gobernar no es sólo resolver crisis. Es anticiparlas. Y la crisis policial dejó la sensación de un Gobierno que llegó tarde a su propio problema.

La postal que amplificó las lecturas

Mientras el gobernador oficializaba los anuncios salariales desde Rosario, a metros de la sede gubernamental en Rosario se desarrollaba una imponente movilización sindical contra la Reforma Laboral que se debate en el Congreso de la Nación.

La simultaneidad de ambas escenas no pasó desapercibida dentro del análisis político.

“Afuera 30 mil personas manifestándose. Adentro la política discutiendo otra agenda”, resumió un referente sindical rosarino.

Más allá de las cifras, la imagen alimentó una lectura que comenzó a instalarse en sectores opositores y sindicales: la distancia entre clima social y dinámica gubernamental.

Una crisis que terminó, pero un desgaste que recién comienza

El servicio se normalizó. La protesta se desactivó. La tensión inmediata bajó. Pero en política, los efectos no se miden en horas. Se miden en desgaste. Y en Santa Fe, el estallido policial dejó algo más que una recomposición salarial: Dejó a la gestión enfrentando su primera gran señal de vulnerabilidad.

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