Juan Monteverde es, sin dudas, uno de los protagonistas principales de las elecciones del próximo 29 de junio en Rosario. Fundador de Ciudad Futura y candidato por la alianza que integra con el peronismo, busca renovar su banca en el Concejo Municipal. Pero lo que está verdaderamente en juego excede esa disputa: se trata del primer paso en el camino hacia la intendencia en 2027, una carrera corta, intensa y estratégica.
En ese contexto, Monteverde eligió como eje de campaña una apuesta arriesgada: señalar públicamente un supuesto acuerdo entre Pablo Javkin (referente de Unidos para Cambiar Santa Fe) y Javier Milei (líder de La Libertad Avanza), y denunciar que, en términos locales, ambas expresiones políticas son «lo mismo». Esto último se tradujo en una simplificación que, lejos de fortalecer su posicionamiento, podría debilitarlo.
El error de fondo es presentar como idénticos a dos espacios con bases sociales, trayectorias y anclajes profundamente distintos. La Libertad Avanza se organiza desde una lógica antisistema y disruptiva; Unidos, en cambio, responde a una coalición de gobierno provincial con gestión y presencia territorial. Equipararlos diluye la crítica y genera ruido en el electorado, que difícilmente compre una equivalencia tan forzada. En ese sentido, acusar un acuerdo entre Javkin y Milei puede resonar más como un recurso desesperado que como una denuncia fundada.
A esto se suma un dilema táctico más inmediato: al polarizar su campaña con Juan Pedro Aleart —el candidato de La Libertad Avanza— Monteverde termina desperfilando a Carolina Labayru, la candidata del oficialismo local respaldada por Javkin y Pullaro. En lugar de centrar su disputa con el espacio gobernante, Monteverde gira la atención hacia un adversario con el que no compite directamente por electorado, lo que podría terminar beneficiando al peronismo libertario y no a su propia lista.
Además, esta estrategia puede alterar el equilibrio delicado que necesita para crecer. Hoy, a menos de dos semanas de la elección, Aleart no logra imponerse claramente, pero si la campaña se polariza en exceso entre él y Monteverde, podría terminar capitalizando el voto útil opositor. Y si Labayru se debilita demasiado, el escenario puede tornarse más incierto.
Por otra parte, Monteverde tuvo reflejos rápidos para despegarse del escándalo que representa la condena judicial a Cristina Fernández de Kirchner, algo que ningún candidato peronista puede soslayar del todo. Aunque su intención fue volver al eje local, esa toma de distancia también genera ruido interno. Algunos sectores que lo ven como un canal de renovación progresista podrían interpretar ese movimiento como falta de lealtad o ambigüedad ideológica, lo cual amenaza con erosionar su base de votantes más militante.
En definitiva, el principal candidato del progresismo rosarino enfrenta una contradicción: quiere ampliar su electorado hacia sectores moderados y a la vez fidelizar al voto duro del kirchnerismo. Pero al simplificar el mapa político local y cargar contra todos sus rivales como si fueran parte del mismo plan, corre el riesgo de perder consistencia y credibilidad. Rosario es una ciudad demasiado compleja como para ganar elecciones con slogans de barricada.
Monteverde tiene ideas, trayectoria y una construcción territorial sólida. Pero en política no alcanza con tener razón: también hay que leer bien el momento. Y esta vez, su apuesta de campaña parece más una trampa que una jugada maestra.