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HOY:  lunes 23 de febrero del 2026

Pullaro frente a un quiebre estatal histórico: conflictos, malestar y señales de desgaste

Tras la crisis policial, la tensión con la docencia reinstala un frente sindical que reabre interrogantes políticos y electorales dentro del oficialismo. El estado de crisis permanente configura un escenario donde la disputa salarial ya impacta en la estabilidad política.

El vínculo entre el gobierno de Maximiliano Pullaro y los trabajadores del Estado atraviesa uno de sus momentos más delicados desde el inicio de la gestión. A la crisis policial que sacudió la escena política provincial semanas atrás, se le suma ahora un conflicto docente que vuelve a tensionar el escenario laboral, presupuestario y, sobre todo, político.

Lo que comenzó como discusiones paritarias con márgenes estrechos derivó en un clima de confrontación más profundo. La docencia pública rechazó de manera contundente la propuesta salarial, mientras que distintos sectores estatales expresan un malestar creciente que ya no se limita exclusivamente a los números de la negociación, sino al modo en que se construye —o se erosiona— la relación entre el Ejecutivo y los gremios.

Un quiebre que se expande

El estallido policial marcó un punto de inflexión. No solo por la magnitud del conflicto, sino porque expuso una fisura inesperada en uno de los sectores que el oficialismo consideraba relativamente estabilizados tras los primeros años de gestión.

La resolución de aquella crisis implicó concesiones salariales y ajustes en condiciones laborales que, puertas adentro del sistema estatal, dejaron una lectura inevitable: la firmeza en el reclamo tuvo efectos concretos. Ese antecedente hoy sobrevuela cada negociación y cada conflicto sectorial.

En paralelo, la paritaria docente volvió a encender la conflictividad. El rechazo masivo de la oferta oficial y el anuncio de medidas de fuerza reinstalan un escenario que Santa Fe conoce bien: la disputa prolongada con el sector educativo, históricamente uno de los actores sindicales con mayor capacidad de movilización e impacto social.

Pero el dato político más relevante no es únicamente el conflicto en sí, sino la acumulación de frentes abiertos. Policías, docentes y otros segmentos estatales configuran un cuadro donde la tensión deja de ser episódica para convertirse en estructural.

La Carpa Blanca, un símbolo que regresa

El anuncio del regreso de la Carpa Blanca no es un detalle menor. Se trata de una imagen cargada de historia política y sindical. En los años noventa, aquel espacio se transformó en emblema de la resistencia docente frente a las políticas de ajuste y recorte presupuestario.

Su reedición en el presente reintroduce un lenguaje simbólico potente. No se trata solo de una protesta gremial, sino de la recuperación de una narrativa histórica que interpela tanto al gobierno provincial como al conjunto del sistema político.

Paradójicamente, la Carpa Blanca fue utilizada en su momento como bandera por sectores que hoy integran la coalición oficialista. El socialismo, con Hermes Binner como figura central de aquella época, construyó parte de su identidad política alrededor de la defensa de la educación pública y el reclamo docente.

El retorno de ese símbolo, ahora en un contexto de gestión compartida entre radicales y socialistas, reabre tensiones que exceden lo salarial y se inscriben en el terreno de las identidades políticas y las expectativas sociales.

Malestar en las bases, desgaste en la política

Mientras ATE y UPCN aceptaron la oferta oficial, la conflictividad persiste en sectores específicos y distritos donde el descontento se expresa con mayor crudeza. Rosario volvió a emerger como epicentro de la disidencia sindical, replicando un patrón que ya se observó en la crisis policial.

El malestar no se limita a los gremios docentes. Distintos referentes sindicales cuestionan la lógica de negociación, denuncian la proliferación de sumas no remunerativas y advierten sobre el impacto en jubilados, aguinaldos y estructura salarial.

En ese contexto, el discurso oficial, centrado en la crítica a las conducciones sindicales, no logra desactivar el ruido en las bases. Por el contrario, en algunos sectores la confrontación verbal se traduce en mayor endurecimiento de posiciones.

La variable electoral entra en escena

La tensión con el empleo público introduce un interrogante central para la mesa chica del gobierno: el impacto político de la conflictividad sostenida.

El oficialismo ya registró en 2025 señales de desgaste. La caída en niveles de participación y el corrimiento de votos hacia otras opciones políticas encendieron alertas internas. Si bien el contexto nacional y la polarización explican parte del fenómeno, el humor social vinculado al salario y al poder adquisitivo aparece como un factor imposible de ignorar.

En la política santafesina la dimensión electoral nunca es ajena a las decisiones de gobierno. Cada conflicto prolongado, cada medida de fuerza y cada gesto de confrontación se inscriben inevitablemente en un calendario político que ya proyecta escenarios futuros.

El universo estatal —activos y pasivos— representa un volumen de votantes significativo. No solo por cantidad, sino por su capacidad de irradiar climas de opinión en distintos ámbitos sociales y territoriales.

Un dato que circula en voz baja

En ese marco, un comentario comienza a repetirse en ámbitos políticos y sindicales: durante la gestión Pullaro no hubo ministros que “cayeran en la lucha”.

Más allá de la literalidad de la expresión, la observación apunta a un fenómeno político clásico: la ausencia de costos visibles dentro del gabinete frente a conflictos que escalan y relaciones sectoriales que se deterioran.

En la lectura de distintos actores, la persistencia de tensiones sin modificaciones en la estructura política del Ejecutivo alimenta la percepción de un esquema cerrado sobre sí mismo, con márgenes limitados para recalibrar estrategias.

Un equilibrio cada vez más exigente

El gobierno provincial sostiene su política salarial en un contexto económico complejo, marcado por la caída de recursos nacionales, la presión inflacionaria y la necesidad de administrar equilibrios fiscales.

Sin embargo, el desafío ya no es exclusivamente financiero. El eje se desplaza hacia la gestión política del conflicto, la reconstrucción de interlocuciones y la contención de un malestar que se manifiesta de manera transversal.

La experiencia reciente dejó una enseñanza incómoda para todos los actores del sistema: la conflictividad estatal no es un fenómeno aislado ni sectorial, sino un componente estructural del clima político provincial.

Y en Santa Fe, como en cualquier escenario político, los quiebres prolongados rara vez permanecen encapsulados en el terreno gremial. Tarde o temprano, terminan impactando en la arena electoral.

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