31/10/2026 10:22 pm

Lalín Ortolani volvió a advertir por Empalme Graneros: “Los muertos lo van a poner los rosarinos”

El referente de Empalme Graneros cuestionó a la dirigencia política, vinculó el riesgo hídrico con el desarrollo inmobiliario y reclamó respuestas antes de que una eventual inundación vuelva a golpear al barrio.

Veinte días después de su primera advertencia en Democráticamente, Osvaldo “Lalín” Ortolani regresó al programa y aseguró que nadie del Gobierno provincial se acercó al barrio y que tampoco consiguió una reunión con Pablo Javkin. El histórico referente de Empalme Graneros volvió a alertar sobre el riesgo de inundaciones en la cuenca del Ludueña, cuestionó el avance inmobiliario sobre terrenos que históricamente funcionaron como zonas de absorción y apuntó contra una dirigencia política que, según sostiene, reemplazó compromiso y gestión por burocracia. También rechazó las versiones que pretendieron vincular su reclamo con una eventual candidatura: “Soy candidato a presidente de la vecinal de Empalme. Con eso me conformo”. Mientras tanto, los vecinos comenzaron a organizarse por su cuenta: más de mil personas participaron de una movilización y ya preparan mecanismos de comunicación ante una eventual emergencia.

Pasaron alrededor de veinte días desde que Osvaldo “Lalín” Ortolani se sentó por primera vez en Democráticamente para advertir sobre el riesgo que, según los vecinos, enfrenta Empalme Graneros y otros barrios vinculados a la cuenca del arroyo Ludueña. La exposición tuvo repercusión política, pero no produjo la respuesta que el dirigente barrial esperaba: en su regreso al programa aseguró que no recibió la visita del gobernador Maximiliano Pullaro ni logró un encuentro con el intendente Pablo Javkin, y sostuvo que tampoco hubo un acercamiento institucional que permitiera discutir seriamente el problema.

Sí apareció otra discusión: la posibilidad de una candidatura política de Ortolani. Una versión que el propio dirigente interpretó como una manera de restarle valor al reclamo que viene encabezando desde el barrio. “Soy candidato a presidente de la vecinal de Empalme. Con eso me conformo”, respondió. Y recordó que lleva cuatro décadas vinculado a estas discusiones: “Hace 40 años que estamos en esto. Soy orejano, no tengo patrón”. Para Ortolani, quienes instalaron esa posibilidad con buena intención merecen su agradecimiento, pero otros la utilizaron para desviar el eje: “Los que lo tomaron del otro lado es para bajar el precio de la propuesta”.

Detrás de aquella aclaración apareció rápidamente el problema de fondo. Ortolani no reclama solamente una obra. Su planteo apunta contra una manera de ejercer la política que, según sostiene, atraviesa gobiernos, partidos y niveles del Estado: funcionarios que administran, cumplen horarios y sostienen estructuras, pero que han perdido compromiso, iniciativa y empatía frente a los problemas concretos de los barrios.

“Necesitamos gente que se la juegue”

Una de las críticas más profundas de Ortolani estuvo dirigida al funcionamiento del sistema político. Para el dirigente, existe una diferencia entre ocupar correctamente un cargo y comprometerse con los problemas que implica esa responsabilidad. “Mucha gente muy responsable cumple horario, se pone la corbata, pero vemos poco compromiso. Trabajamos de policía, trabajamos de maestro, trabajamos de concejal, trabajamos de intendente, trabajamos de gobernador. Cumplimos eso”, sostuvo. Su reclamo es otro: “Necesitamos gente que se la juegue”.

La acusación atraviesa diferentes administraciones y fuerzas políticas. Ortolani no ubica el origen del problema exclusivamente en la actual gestión provincial o municipal. Por el contrario, sostiene que las decisiones que permitieron transformar buena parte de la cuenca fueron tomadas durante años por dirigentes de distintos signos políticos. Pero considera que quienes actualmente gobiernan tienen la responsabilidad de actuar frente a una situación que, desde su perspectiva, ya está suficientemente advertida.

En ese punto aparece también su cuestionamiento a la burocracia. “Esto lo regalan, no quieren manejar, no quieren perder el mismo statu quo. Eso es la burocracia”, afirmó. Y la definió con una imagen: “Sentarte en la misma silla y yo estoy cómodo. Tengo el aire acondicionado, el coche y el sueldito”. Para Ortolani, el dirigente debería anticiparse a los problemas y no limitarse a presentar respuestas cuando el conflicto ya está instalado: “El dirigente tiene que escribir el diario del domingo”. Es decir, imaginar antes qué puede ocurrir, abrir la discusión y actuar. “Puede estar bien o mal, pero tener iniciativa. De esa discusión sale algo mejor”.

Veinte días después, nadie apareció

La anterior visita de Ortolani a Democráticamente había instalado públicamente el reclamo y generado la expectativa de algún movimiento institucional. Según relató ahora, eso no ocurrió. Cuando se le preguntó si alguien del Gobierno provincial se había acercado después de aquella entrevista, la respuesta fue negativa. Tampoco consiguió la reunión que pretende con el gobernador y volvió a plantear dificultades para llegar hasta el intendente.

“¿Cuándo vamos a charlar con el intendente? Bien, el intendente, ¿cómo le va? No, porque sí, intendente, ¿cuándo vamos a hablar con él? No me da bola”, expresó. Más adelante insistió sobre la necesidad de que Javkin participe personalmente de las gestiones: “Pablo, decime cuándo nos reunimos con el gobernador. A mí no me da pelota. Vos tenés amistad. Bueno, vamos”.

Ortolani reconoció obras realizadas en Empalme Graneros y destacó específicamente trabajos de pavimentación impulsados por el municipio. Su planteo, por lo tanto, no consiste en afirmar que el Estado no hizo absolutamente nada. Reclama otra intensidad política frente al riesgo hídrico: “Me gustaría, para mi gusto, que le pusiera un poquitito más de calor. Lo que estoy pidiendo es un poco más de energía”.

El negocio inmobiliario y el riesgo sobre la cuenca

Uno de los puntos más fuertes de la entrevista apareció cuando Ortolani vinculó el riesgo hídrico con el crecimiento inmobiliario sobre sectores bajos de la cuenca. Su acusación fue contundente: “El negocio inmobiliario de la venta indiscriminada de laguna, le hicieron eso. Los muertos los van a poner los rosarinos”. Cuando se le preguntó por las responsabilidades, extendió la crítica de manera transversal: “Lo habilitaron. Todo el sistema: peronista, radical, demócrata, socialista, concejal, ministro, gobernador”.

Se trata de una acusación política de Ortolani y no de una determinación técnica o judicial sobre responsabilidades concretas. Su argumento es que terrenos bajos que históricamente almacenaban agua fueron progresivamente transformados por desarrollos inmobiliarios y modificaciones en el escurrimiento. “Toda la cuenca baja del Ludueña eran todas lagunas. Esa no hay más. Hay todo desarrollo inmobiliario”, señaló. Para el vecinalista, el problema no es el progreso urbano en sí mismo, sino qué se urbaniza, dónde se hace y qué consecuencias produce aguas abajo.

Ortolani apeló incluso a la ironía para describir cómo se comercializan determinados desarrollos: calles nuevas, palmeras, tranquilidad y una imagen idealizada de vida suburbana. Detrás de esa postal, sostiene, existe una modificación territorial que termina repercutiendo sobre los barrios ubicados aguas abajo. “Vecina, estos son los que te están inundando”, sintetizó. Su planteo es que la urbanización reduce superficies que anteriormente podían retener agua y, combinada con canalizaciones y modificaciones de la cuenca, aumenta la velocidad con la que las precipitaciones llegan hacia el Ludueña.

El Ludueña y una seguridad que no es eterna

Ortolani distinguió durante la entrevista tres situaciones que suelen englobarse bajo la palabra inundación. Una es la crecida del Paraná, cuyo impacto directo sobre gran parte de Rosario considera limitado salvo en sectores costeros. Otra son los anegamientos urbanos provocados por problemas de drenaje, zanjas tapadas o falta de mantenimiento. La tercera, y la que considera más peligrosa para Empalme Graneros y los barrios cercanos, es el desborde vinculado a la cuenca del Ludueña.

Según explicó, Empalme funciona como referencia de un problema que involucra aproximadamente una docena de barrios. El agua de una cuenca de unas 80.000 hectáreas, de acuerdo con las cifras mencionadas por el dirigente, termina concentrándose hacia el arroyo, que en determinados sectores reduce su capacidad y atraviesa tramos entubados. “Va a pasar agua todo lo que pueda tomar el tubo; lo que sobre va a sobrar y va a ir afuera”, resumió.

Hay un punto importante dentro de su relato: no niega el valor de las obras realizadas durante las últimas décadas. Por el contrario, sostiene que fueron fundamentales para evitar nuevas tragedias. Recordó que después de la inundación de 1986 se ejecutaron intervenciones que, desde su perspectiva, permitieron atravesar posteriormente varios episodios de lluvias importantes sin repetir aquella catástrofe. “Nos salvamos de cinco inundaciones del 86 hasta ahora gracias a la obra”, afirmó. Pero inmediatamente introdujo su advertencia: “Estos son niveles de seguridad, hay que mantenerlos”.

Ese es el corazón de su reclamo actual. Las obras construidas décadas atrás no significan que el riesgo haya desaparecido para siempre, especialmente si simultáneamente cambió la urbanización de la cuenca, aumentó la velocidad de escurrimiento y se modificaron superficies que anteriormente retenían agua.

“No queremos manta ni colchones, queremos soluciones”

Ortolani conserva una memoria particularmente dura de las inundaciones que atravesó el barrio y por eso rechaza que la respuesta estatal aparezca únicamente después de una tragedia. “En el 86 decíamos: ‘No queremos ni manta ni colchones, queremos soluciones’”, recordó. Su crítica apunta a una política que, según describe, puede reaccionar frente a la emergencia con asistencia, recorridas y fotografías, pero tiene mayores dificultades para actuar preventivamente.

“Sacamos fotos paseándose en la lanchita, bajando en el helicóptero, porque es importante recorrer la zona inundada con helicóptero”, ironizó. Y contrapuso esa imagen con otra idea: “Mojarte las patas, nacer en el lugar. Que te enteres que se te murió tu vecina o tu vieja”. Por eso insiste en hablar antes: “No lo voy a putear después. Ahora se lo digo, antes de que lo hagan”.

El dirigente también puso el foco en las consecuencias humanas que quedan cuando baja el agua. Habló de personas que pierden su casa, sus muebles, años de trabajo y, en algunos casos, la posibilidad material de empezar nuevamente. “Cuando tuviste en tu casa, que tiene 2,30 metros al techo, 2,10 metros de agua, los muebles ¿sabés adónde los podés subir? Cuando perdiste todo el laburo, cuando ya no tenés edad de revancha ni fuerza en el cuerpo para tener revancha”, describió. Sus referencias a incrementos de mortalidad o suicidios corresponden a su testimonio y no fueron acompañadas en la entrevista por documentación estadística que permita verificarlas. Pero el punto que intenta transmitir es claro: una inundación no termina cuando desaparece el agua de las calles.

Más de mil vecinos salieron a la calle

Mientras las respuestas institucionales que Ortolani reclama no llegan, los vecinos comenzaron a organizarse. El miércoles previo a la entrevista realizaron una movilización en Empalme Graneros. Según estimó el dirigente, participaron más de mil personas de manera espontánea. “No hay arreo, no hay nada. Es la necesidad. Era angustia, era angustia, era angustia”, describió.

La movilización tuvo además un componente emocional. Vecinos que habían atravesado inundaciones anteriores volvieron a encontrarse y compartieron recuerdos, temores y preguntas. “Fue tan triste que fue linda”, resumió Ortolani. La pregunta que, según contó, más escuchó fue extremadamente sencilla: “Lalín, yo lo único que quiero saber es: ¿nos inundamos o no? ¿Qué día? ¿Y el agua hasta dónde me va a llegar?”.

La organización barrial no se limita a las movilizaciones. Ortolani adelantó nuevas reuniones y explicó que están trabajando en mecanismos propios para mantener informada a la población ante una eventual emergencia. La prioridad, señaló, es concientizar sin generar pánico. Habló de utilizar una FM, distintos canales de comunicación y medios para transmitir información con anticipación si aparece una situación meteorológica de riesgo.

No dice que Empalme vaya a inundarse: reclama prevención

Ortolani fue cuidadoso en un punto fundamental: no puede afirmar que Empalme Graneros vaya a inundarse. “¿Podés inundarte? Sí. Puede que no. Yo qué puedo decir, ¿tengo la bola de cristal?”, planteó.

Su advertencia parte de otra cuestión. Sostiene que, ante pronósticos de mayores precipitaciones y las modificaciones producidas en la cuenca, las posibilidades de tener problemas son superiores. El resultado dependerá no solamente del volumen acumulado, sino de dónde, cómo y en cuánto tiempo caiga el agua.

Por eso su mensaje no es una predicción meteorológica. Es un reclamo de prevención. Los vecinos no pretenden que alguien garantice que nunca volverán a inundarse, sino que las autoridades evalúen los riesgos, impulsen las obras necesarias y establezcan mecanismos de respuesta antes de que llegue una emergencia.

“La vida es una acumulación de gestos”

Quizás la definición más política de toda la entrevista no estuvo relacionada con canales, lluvias ni obras, sino con la empatía. “Esa es la herida. La vida es una acumulación de gestos”, dijo Ortolani. No reclama solamente que un expediente avance. Quiere que alguien vaya al barrio, mire, escuche, se siente con los vecinos, explique qué puede hacerse y qué no y, si una obra tarda tres meses, diga cuándo comienza.

Ortolani incluso aseguró que estaría dispuesto a acompañar y aplaudir a quienes finalmente tomen esa decisión: “Quiero sacarme una foto con el intendente viendo al gobernador y que el gobernador diga: ‘Esta obra la hacemos, empezamos el lunes’. Y vamos juntos a verlo al presidente de la República. Vamos a hacer una caravana, todos aplaudiendo. Viva Maxi. Está todo bien”.

El dirigente utilizó una metáfora para explicar cuál es hoy la posición del barrio: dejaron la puerta abierta. No quieren una confrontación por la confrontación misma ni que una eventual tragedia se convierta después en una batalla de responsabilidades políticas. Quieren que alguien aparezca antes. “No tenemos ganas de pelear con nadie, por favor, dejamos la puerta abierta”, explicó.

Pero veinte días después de la primera advertencia pública, esa noticia todavía no llegó. La movilización vecinal ya ocurrió, la preocupación permanece y los vecinos preparan mecanismos propios de comunicación. Ortolani volvió a sentarse frente a una cámara para repetir lo que considera que debería discutirse en los despachos oficiales.

No pide que alguien adivine cuánto va a llover. Tampoco afirma que la inundación sea inevitable. Lo que reclama es que, si el riesgo existe, nadie pueda decir después que no estaba advertido.

Porque su mensaje vuelve a ser el mismo que hace veinte días, aunque ahora con mayor enojo: las obras pueden tardar, las discusiones administrativas pueden ser complejas y los gobiernos pueden tener prioridades diferentes. Pero para Empalme Graneros el tiempo no se mide solamente en expedientes.

Se mide mirando el cielo. Y por eso la frase más dura de Ortolani vuelve a funcionar como advertencia antes que como conclusión: “Los muertos los van a poner los rosarinos”.

 

 

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